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Lunes, 7 mayo 2018

LO ATEMPORAL (Por Fermín Gassol)

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Visitar los lugares recónditos que se encuentran ocultos debajo de la tierra, esos “sótanos” profundos y hermosos, bordear simas inmensas en las que caben catedrales, conocer cómo vivíamos hace cien mil años, pisar donde nuestros antepasados; permanecer en ellas y admirar la belleza de ese mundo atemporal es algo que sobrecoge por lo fascinante y sobre todo porque es algo así como parar el tiempo.

 

 

[Img #276931]Cuando ves de nuevo la luz del día y regresas otra vez a la realidad actual, piensas en lo fugaz de nuestra existencia. 


 “Como pasa el tiempo de deprisa”; una frase que resulta muy frecuente escucharla en los labios de los que tienen ya la vida más que mediada. Como si el tiempo fuera ese aire que nos abofetea mientras viajamos cuando sacamos la cabeza por la ventanilla. Ese aire que cuando jóvenes aspiramos con energía pero del que nos guardamos cuando nuestras vidas son ya una costumbre.  Esa idea benévola de que “pasa el tiempo” es la manera más ingenua de sobrellevar el paso de nuestros días porque desgraciadamente no pasa el tiempo,  pasamos nosotros, pasa el tren que con su movimiento  crea esa falsa sensación de ventolina que no existe;  el tiempo es algo que el hombre se ha inventado  para controlar sus días con  la mejor intención pero esta media cuantificadora no  le ha servido sino para  atenazar su vida porque lo ha hecho  juez y parte de su propia vida. Juez  monótono y parcial que dosifica nuestra efímera existencia. 

 


¡Millones y millones de años, eternidad terrena!  Ajenas a un tiempo del que no tuvieron noticia hasta que el hombre las descubrió  violando su clima ancestral y las llenó de un aire extraño y ajeno, las llenó de tiempo. Las fotos, dicen, perjudican la belleza de las estalactitas y puede que sea verdad sobre todo para el negocio que se mantienen en las tiendas de recuerdos;  lo que de verdad es nocivo para estos testigos de la eternidad terrenal es la presencia del tiempo en el vientre virgen que las contiene a través de la puerta abierta por el hombre.  En el seno de la tierra “siempre, ha sido siempre”. Es el tiempo el que nunca ha sido nada.

 


Siendo el hombre un ser fugaz sobre la tierra empeña sus efímeros días en medir la longitud de su existencia. Parar el tiempo para el hombre es ya imposible porque ha hecho de su vida una absurda cuenta atrás. Quizá el único remedio para superar sus coordenadas temporales sea quedarse a vivir en las entrañas de la tierra como una estalagmita más y decirle al tiempo, permanece ahí fuera; y cerrar la puerta para siempre. Las cuevas contienen en su seno el secreto de la intemporalidad, de la existencia, “del siempre”. Las cavidades que aún permanecen sin ser descubiertas por el hombre, por el tiempo, esas, aún mantendrán  en su interior la quietud de una atmósfera de eternidad.

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