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Domingo, 27 mayo 2018

LOS MAESTROS (Por Eduardo Martínez Rico)

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BLOGS | Eduardo Martínez 0 Comentarios

[Img #280123]Pienso sobre los maestros. Trato de arrojar luz sobre mí mismo, sobre mi entendimiento y mi memoria, para decir algo interesante sobre los maestros. He tenido muchos, y he estado muy orgulloso de ellos. Personas a las que admiro que me han enseñado escritura, literatura, historia, cine, filosofía, un sinfín de materias.

 

El otro día escribía sobre la amistad y J. Ignacio Díez, uno de mis maestros, que me dirigió la tesis, me felicitaba por no quedarme “a la sombra de los viejos maestros”, es decir, en este caso de Cicerón.

 

Y yo le decía que los viejos maestros eran seres humanos, personas, como nosotros, y que sin duda se parecían a nosotros más de lo que pensamos.

Creo recordar que eran los renacentistas los que decían que ellos eran unos enanos,  pero unos enanos a hombros de gigantes. Y los gigantes eran los sabios clásicos, griegos y romanos.

Yo me siento un poco así: a hombros de los grandes maestros de la antigüedad y los grandes maestros de hoy, algunos de los cuales me han enseñado a mí, yo he convivido con ellos.

Pero es verdad que el escritor, o el artista, tiene que encontrar su propia voz  -como insistía tanto Cela-, su estilo, y hacer con él sus propias aportaciones.

Pero ¿la voz, el estilo no cambia con los años? Yo creo que sí. No me considero mejor escritor que cuando tenía 25 años; me considero distinto escritor.

Un amigo de la infancia, un hombre al que considero muy inteligente, el profesor y arquitecto Iñaki Sánchez Simón, me decía hace bastantes años que del genio uno no podía aprender, pero que del maestro sí.

El maestro sabe mucho, pero enseña. Puedes seguir sus pasos, en sus obras y en sus palabras. Yo no voy a nombrar aquí hoy a maestros míos, aunque ellos saben quiénes son y van saliendo también en estos artículos.
Sólo decir que el maestro desprende una luz especial, la luz que enseña y te va iluminando el camino, el de hoy y el de mañana. Y sus palabras, como las de un padre –que es, o puede ser, a su vez un maestro-, quedan fijas en tu cabeza para activarse cuando más lo necesitas.

Supongo que el último gran privilegio de un escritor, un intelectual, un artista, quizá de cualquier persona o profesional, es convertirse en maestro: enseñar, y sin interés alguno, por placer o, mejor, cumpliendo sin saberlo un proceso inmemorial, muy natural, dando energía a una línea invisible que es la del conocimiento, algo más que conocimiento, ideas, arte, vocación, realización de la obra bien hecha, una detrás de otra.

En el mundo literario y periodístico existe la costumbre de llamar al compañero “maestro”.

A mí me lo empezó a llamar Raúl del Pozo, hasta que un día le dije:

-Raúl, no me llames maestro, que me haces pensar mucho.


​-Así se llamaban entre sí los que tenían el grado superior en los oficios.

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