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Miércoles, 6 junio 2018

EL PUCHERO DE LA ABUELA ENGRACIA (Beatriz Vargas Huélamo)

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Nunca he sido feliz viviendo en Barcelona. Es curioso, pero he nacido aquí, he tenido y tengo mi vida, y, sin embargo, no me siento completa.

 

 

El día que supe que iban a instalar un cementerio nuclear cerca de mi pueblo, en Cuenca, cayó todo mi mundo. Sentí que era como si alguien viniera por la espalda y me diera un gran mazazo, del cual me sería imposible recuperarme. Sí, lo sentí así. Y lo sigo sintiendo.

 


Hay muchas personas que no entienden mi amor por Cuenca, por Castilla La Mancha. Pues bien, yo soy una de ellas. Sí, es cierto, tampoco yo termino de comprenderlo. Racionalmente valoro, comprendo mi modo de vida, mi día a día, y considero que soy muy afortunada por haber nacido en Barcelona, por todo lo que me brinda y me ha brindado siempre. Pero a su vez, curiosamente, no me siento feliz. No me malinterpretéis, no hablo de nacionalismos ni nada por el estilo. Hablo solo de mis sentimientos. 

 


Me siento catalana y también me siento conquense. No lo puedo evitar. Cada vez que he pasado una temporada en el pueblo, cuando me he marchado de él, me ha costado horrores el regreso al día a día, el retorno a la ciudad. Si pudiera, me iría a vivir a Cuenca. Creo que es lo que más ilusión me haría en la vida, con diferencia.

 


¿Y por qué? Pues porque ya sólo con el hecho de viajar en coche, atravesar el Túnel del Rabo de la Sartén, y ver el cartel de “Cuenca, Castilla La Mancha” soy la persona más feliz del mundo. Y lo soy desde que tenía 2 años y mis padres, Dolores y Javier, me llevaron por primera vez al pueblo.

 


-Ésta es tu abuela- me decía mi madre, mientras yo levantaba la vista del suelo hacia arriba, y veía a una mujer que en nada se parecía a la abuela de los cuentos que me habían leído. Ni regordeta, ni moño, ni gafitas. Una señora con cabello gris y corto y unos ojos verdes agrisados que durante unos segundos escudriñó mi alma. 

 


Y ahí empezó todo. Subí los dos peldaños que llevaban al interior de su casa en la calle Artistas. Calle Artistas, cuántos veranos de mi vida repetí la misma escena hasta que mis padres hicieron su casa en la calle Mayor. Y la escena inicial era la misma: llegábamos exhaustos tras casi 12 horas de viaje desde Barcelona en un autocar de línea que se llamaba “La Rápida”. Mi abuela nos esperaba en la plaza del Coso, y de ahí íbamos cargados mis padres, mi hermano y yo, con todos los bultos hasta su casa.

 


Nada más entrar, percibíamos el olor del puchero. Yo me quedaba, desde mi pequeñez, sentada en la silla de la cocina, con la boca abierta de admiración y de hambre mientras veía cómo mi abuela iba repartiendo por los platos, una tras otra, inmensas cucharadas de garbanzos, zanahorias, fideos y trozos de pollo. Y así sucedía todos los veranos. Tanto que hasta el día de hoy todavía no puedo evitar, cada vez que vamos de camino al pueblo, imaginar una vez más a mi abuela, esperándonos para reparar nuestras almas y nuestros cuerpos con su bálsamo culinario milagroso.

 


Después, nos repartíamos por las habitaciones de su casa y descansábamos. Me costaba dormir, adelantando los futuros momentos del verano que iba a vivir, ese tiempo durante el cual mis padres se quejarían de verme sólo para comer y cenar. 

 


Lo que más recuerdo de aquellos días, es lo feliz que me sentía allí con todo, como águila en el cielo, como espiga al viento. Y el continuo contacto con la naturaleza que mi madre resumía de esta manera: “Aquí respiramos aire limpio. ¡Respirad, coged aire limpio!”. Imitándola, empezábamos a inspirar y expirar exageradamente, como si jamás lo hubiéramos hecho. Nuestros pulmones se llenaban de oxígeno, y de los sueños vividos. De esperanzas y de futuro. Del verde de la higuera, del sol de verano en el patio, de las abejas en los geranios, del aire manchego.

 


Todo esto resume mi sentimiento. Quizá lo sentimientos no cuenten para las decisiones políticas. Pero deberían contar porque nos afectan a todos: personas y medio ambiente. 

 


No quiero resignarme y por ello escribo esta carta para pedir a todos los conquenses que no cedan a la presión del oligopolio nuclear, que luchemos por esta tierra, que crean en un futuro sostenible para Castilla La Mancha, para Cuenca. 

 

El ATC amenaza este hermoso entorno que puede y debe preservarse bajo unas coordenadas saludables. Cada vez somos más las personas que habiendo emigrado, queremos regresar a nuestros pueblos por el gran cariño que les tenemos. ¿Quién no adora tener un pueblo, su pueblo? Ese lugar de recogimiento donde se reencuentran las generaciones y vuelven a contactar con sus raíces, con sus historias de vida, con el puchero de su abuela Engracia.

 

 

Beatriz Vargas Huélamo

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