Aviso sobre el Uso de cookies: Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia del lector y ofrecer contenidos de interés. Si continúa navegando entendemos que usted acepta nuestra política de cookies. Ver nuestra Política de Privacidad y Cookies
Viernes, 8 junio 2018
CAVILACIONES EN RUIDERA

ADORATORIO OCASO-HELIACO (Salvador Jiménez Ramírez)

Marcar como favorita Enviar por email
OPINIÓN | ELDIAdigital 1 Comentario

Deambulaba, el reflexivo caminante, por una llanura de tierras coloreadas y ventiscosas, que hastiaba a las criaturas, esquivando y atizando algún puntapié a catervas de plantas- estepicursores, arrastradas en volandas por un viento bufador…

[Img #282398]

 

Andaba el insólito explorador arropado con roídas y mal curtidas pieles, pingajosos y deshilachados lienzos, dando bandazos, con rasgos de curiosofrenia y hondos enigmas emocionales de aflicción y desdicha. Provenía de espacios y tiempos muy lejanos, donde todo era seco y estéril, al haberse emponzoñado y volatilizado el agua… Al compás de sus pasos, de vez en cuando, se apuntalaba con un tosco garrote endurecido al fuego y bajo el brazo izquierdo apretaba un fardo de cosas indefinibles. Venía bordeando las márgenes del río; flanqueado por cerros bajos, ondulantes, de suaves gibas, derramándose en sucintas laderas hacia la hondonada fluvial. Ensimismado en sus ucrónicos afanes, sueños y desgracias, el migrante, “filósofo”, medicinante y exhortador de la arcanidad, en  el  trayecto exploratorio, se enmataba con frecuencia para no ser visto por gente que moraba en grandes pedrizas, con sótanos en el interior, en los mogotes descollantes de los cerros… Conmovido al avistar el primer gran despeñadero de agua, le llamó Anul Setnom,  (en tiempos históricos Lunamontes), porque la diosa Luna surgía de los montes, alineada con el torrente…

 

Un poco más adelante, acrecentados sus episodios de curiosomanía, el descubridor, se sorprendió por las singularidades geológicas que apreció en la ladera de un cerro: dos monolitos de geoconfiguaración gigantesco- antropomorfa; en aquellos instantes sitial de dos  aves, que planearon, quietas a intervalos, y él relacionó con entes, divinos al no comprender lo que era la sustentación y el empuje…

 

El esplendor y resplandor refulgente de un sol crepuscular, lo “abdujeron” hasta lo alto del anfiteatro de  litoclasas… Veneró al dios Sol, largo rato, para que no abandonara este mundo, continuara alumbrándonos y calentándonos, espantando las sombras agitadoras de la muerte… También adoró a la diosa Luna, “esposa”, del dios Sol, que despuntaba entre unas matas, para que no se apartara de su alrededor… Las geoestelas, para aquel sujeto meditador, embeleñado en sus teodiceas, conformaban divinidades inmortales protectoras de los seres bienhechores del ámbito, que velaban por la pureza del agua, expulsando lo maléfico de la vida, custodiando y rememorando lo inevitablemente perdido y los más altos ideales y finalidad de la existencia… Idealizó las fabulosas geofiguras, cuya contemplación, elevaban su espíritu y subconsciente, entrando, a veces en contradicciones y su pensamiento abstracto comenzó a conectar con dimensiones inconmensurables e imponderables y, allí, levantó una cabaña de piedras, barro y ramas, con su Adoratorio al “Ocaso-Heliaco”…

 

En los atardeceres de firmamento claro, cuando el dios Sol, se doraba en su ruta crepuscular, y sus refulgentes radiaciones bajaban de los cielos entintados de coloraciones, “bañándose” en la traslucidez del lago, la mente de aquel ser “cavilante”,  tomaba atajos de ficción, por  largas singladuras cósmicas… El talentoso y esotérico asceta decidió asentarse, hasta el fin de sus Soles y Lunas en la choza que ajustó en el geoanfiteatro, invocando protección y clarividencia a las “embelesadas” y misteriosas geoefigies y a los divinos Sol y Luna. Cuando una tarde el extraño chamán, con cerebro de ecos insondables, preparaba en el altarejo, con sus acostumbradas ataujías, ramilletes de labiadas y semillas, depositándolas en un pequeño ofertorio de cerámica, elaborada a mano por él, para ofrendarlas a las deidades, la “semiesfera y abovedada mansión celeste”, tachonada de luces “espirituales que penetraban las tinieblas”, se fue enlutando tras obscuro y alto velo, como nunca había visto el místico, “apagándose” la deidad Sol… El ocaso no fue transitorio… Persistió extenso como para siempre… Aquel ser de cerebro insondable lloró las noches casi eternas, tiritando de pena en los bordes de la risquera… Con la cabeza apoyada en sus brazos calientes, con extravíos de su conciencia, espiró eterno y definitivo ante las figuras de sus dioses… Los ecos de su cerebro insondable, rodaron allá en lo hondo de los rayos del “Ocaso Heliaco”, las estrellas, la “harina” de la luna y las quiméricas imágenes monolíticas, que abrían y entornaban puertas, encaradas  a lo indefinido…  
                                                                           Salvador Jiménez Ramírez

Acceda para dejar un comentario como usuario registrado
¡Deje su comentario!
Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la nuestra
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
1 Comentario
Fermin
Fecha: Sábado, 9 junio 2018 a las 01:46
Enorme!!! Me ha encantado este ejercicio de imaginación (algo a lo que nos tienes acostumbrados...) que nos descubre lo que pudo ser la vida de un humano consciente cualquiera que, como ocurría desde nuestros primeros antepasados conscientes de ser terrícolas, adoraba al sol, al agua, la luna, los árboles, una piedra con forma humana... Si [email protected] los humanos fuéramos sinceros y conscientes reconoceríamos también que son los verdaderos dioses...

eldiadigital.es
eldiadigital.es • POLÍTICA DE PRIVACIDAD Y COOKIESAVISO LEGAL Mapa del sitio
© 2018 • 2010 Todos los derechos reservados. Información de agencias: Europa Press
Powered by FolioePress