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Domingo, 10 junio 2018

A VECES (Por Eduardo Martínez Rico)

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BLOGS | Eduardo Martínez Rico 0 Comentarios

A veces lo pienso.

 

         A veces me gustaría escribir, decir, todo. Todo lo que llevo dentro. Y que se me entendiera plenamente. Que mis palabras, todas dichas de una sola vez, como un núcleo, como un universo perfectamente comprimido, lo dijeran todo, y que todo ello fuera perfectamente comprendido.

 

         A veces tengo la sensación de que no se me entiende. O que no se me entiende perfectamente. Y por eso, a veces, tengo que añadir una frase a otra, y otra frase a otra frase, así hasta el infinito… Quizá gracias a eso escribo artículos, libros, cosas largas.

 

         Es como construir una casa desde sus cimientos, añadiendo filas de ladrillos, e ir subiendo los muros, poco a poco, hasta hacer la casa. Con la diferencia de que uno no queda nunca plenamente satisfecho.

 

         A veces también pienso que lo que hago, por supuesto, está muy sujeto a la subjetividad. Que a unos les encanta mientras que a otros no les dice nada, o no les dice nada especial.

 

         Pero sobre todo tengo la sensación, cuando hablo, cuando escribo, pero sobre todo cuando hablo, de que no se me entiende bien, de que debo explicar lo ya dicho, o que cuando ha terminado la conversación se me ocurren nuevas ideas, y lamento no haberlas expuesto en su momento.

 

         Aunque gracias a eso, también, puedo escribirlo todo y añadir lo escrito sobre lo vivido, lo escrito sobre lo hablado, con lo que todo es una perfecta, maravillosa construcción, como este pequeño texto.

 

         Después de todo es bonito ser un ser humano, imperfecto, limitado, dar vueltas a las cosas, sentir que todo puede ser completado, que siempre hay una segunda, una tercera oportunidad para añadir palabras, ideas, a lo ya dicho, y que la vida, así, al final, es como un gran texto que uno va levantando poco a poco.

 

         Como una gran casa, la casa de las palabras, en la que vivimos los escritores y los lectores, seres vivientes, porque nuestra casa es la vida, que vamos edificando poco a poco, día a día, año tras año, con hechos y con palabras, cada uno aportando unos matices distintos.

 

         Pero sí, algunas veces, me gustaría liberarme de la servidumbre, esta pasión, de las palabras, de las ideas, de este traje que llevo por dentro y nunca me abandona.

 

         Decirlo todo. TODO. De una sola vez, para siempre. Y que fuera entendido a la perfección.

 

         Y que le gustara a la gente. Mucho.

 

         Y yo quedara contento, feliz, y pudiera dedicarme a muchas otras cosas.

 

         Pero luego lo pienso, ahora lo pienso, por ejemplo, y me digo: “No, por favor, qué haría yo sin mis palabras, sin mis ideas. No sería feliz, sería muy desgraciado. Me encanta pensar, hablar, escribir, siempre, todos los días…”

 

         Y así va pasando el tiempo. ¿Hasta el final?

 

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