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Sábado, 23 junio 2018
Cavilaciones en Ruidera

CUANDO ANTAÑO EMIGRASTE A ALEMANIA Y A OTROS PAISES EUROPEOS (I) (Salvador Jiménez Ramírez)

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OPINIÓN | El Dia 1 Comentario

El paso del tiempo es una paradoja inconsecuente, con huellas y trazos de infinitudes sin dirección ni dimensión; de ecos vagos, siniestros, de fruición y cuando no caricaturescos y de rememoranzas de quita y pon, disfrazadas por la conciencia…

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    Con el transcurso del tiempo, todo van siendo ecos vagos de inutilidad, olvido, paisajes idos por donde estábamos o íbamos, melodías de cosas y de nombres; seres, ilusiones, disfrutes, reniegos y sufrimientos esfumándose en entornos fabulosos, de penumbras y terribles fantasmagorías…. Ideas difusas sobre si, realmente, nuestra vida y nuestra conciencia existieron.

 

   Con el correr del tiempo, mueren ideales, recuerdos..., y hasta la propia consciencia, con la que de jóvenes  ansiábamos forjar un mundo diferente, cargado de ilusiones y proyectos, para que el vivir fuera más digno e igualitario…. Creíamos que nuestra conciencia haría posible un vivir menos extraño a la existencia humana… Con el tránsito del tiempo, las valijas de nuestros anhelos se van despotricando y realidades trascendentes de la vida, las arredramos  como misterios insondables, por acomodo al mundo que fluye a nuestro alrededor (acabamos comprados o, miserablemente, vendidos, hasta por pimplar unos simples tragos de lo etílico) o por no encontrar expresiones y actos asequibles a nuestro prójimo, en  la vasta maraña y trayectoria  de un mundo, (virtual  en muchos aspectos) en el que nos vamos notando  extraños y perdidos.

 

   Quiero por ello, que me acompañes en un corto viaje, en la nave de nuestro pensamiento, retirándonos, no mucho, para “visitar” nuestros recuerdos,   en escenarios de vidas de denodados esfuerzos, congojas, ilusiones y otras vivencias en entornos que nos vieron nacer; en los que no acertábamos a vivir si no era bajo las embestidas de un mundo demasiado rígido, simulado,  estremecedor, sepulcral y agostado, cargado de incertidumbres, también de expectativas y respetuoso, que creíamos se estaba haciendo. Era modesto el hogar donde naciste. Creciste sin apenas caricias, esclavo de normas que no sabías que existían, sin reparar en la vida de sacrificios y pobreza que vivías y te vivían. Tus padres apenas si descansaban y tú ibas en pos de ellos mientras trabajaban. Tropezabas, caías, te levantabas y te asías a la zurcida y negra falda de tu madre. Y así,  con borrosa esperanza, entre luces y sombras, fuiste creciendo…  Aprendiste a leer ya muy crecido. Leías muy despacio, con la atención que, a veces, se muestra a las cosas importantes, vocalizando con temblor y cuidado de no equivocarte, mientras tu padre, impacientemente, apuntaba a las letras con un lápiz o con un  dedo encallecido y rugoso.  Cuando cumpliste trece años te embutiste en tu primer pantalón sin remiendos…  Ibas pastosamente acicalado hasta con brillantina en el pelo. Pero la verdad era que, aquel barato y burdo estambre, y tu débil cuerpo era como una máscara ilusionista, ocultadora del tributo que pagaba una vida desventurada.

 

    Una atardecida de locuaz humanidad y de parabienes de pateacalles,  en la plazuela del pueblo, escuchaste comentarios sobre gente que emigraba  a Alemania y a otros países de “La Europa”… Tú eras un joven que unas veces cencerreabas en los campos, protestabas, otras sonreías para ti y confidenciabas con tus abismos, soportando inconveniencias y desprecios…  La coyuntura te pareció fabulosa para arredrar penurias y para descubrir y empezar nuevas formas de vida.

 

    Fue un mes de Abril, de l969… Corrían riachuelos y el “río más ancho”, (que ya estaba siendo volteado) los que, en cierto modo,  armonizaban tu desasosiego, también los  acelerados “ojos” de sol y los de mucha claridad lunar… La lluvia caía con un descenso apenas detenido… La laguna llevaba su ritmo de olas silenciosas… Los que medían los eventos del tiempo, en la provincia de Ciudad Real,  anotaron casi sesenta litros por metro cuadrado en, aquel  mes, cincuenta y cinco en el de marzo,  setenta y siete en el de febrero y sesenta y cinco en el primer mes del año. Tú, empezabas  a vestir tu vida de propósitos…  Unos días antes de partir hacia Alemania, te desnudaron y se rieron en el reconocimiento médico de tu cuerpo desnutrido…  Luego te ataviaste de “perfección”, para que en el pasaporte se reflejaran gestos  y fisonomía  de claridad, ánimo, respetuosidad y compromiso. Fue de madrugada,  después de horas de convulsiones y pesadillas, cuando abandonaste tu hogar. Nadie se despidió de ti con atrayentes físicos: abrazos, caricias..., pero en el gran fondo de la casa rozándote lo que habías amado y llorado, pulsiones de paz  y rumores de lágrimas te agitaron y se enrollaron en tu incorpóreo trasfondo humano. Sólo escuchaste pasos y llanto de tu madre y algún respirar hondo de vieja hombría de tu padre; siempre con su querer oculto y anónimo. Tu perro (que ya no volviste a ver) aulló lastimeramente, en el corral, al presentir que se extinguía un universo de caricias y correrías por montes y riachuelos, al marcharse el amigo al que acompañaba por aquellos parajes solemnes.

 

   Un autocar te transportó hasta una estación de ferrocarril, donde te uniste a una expedición de cientos de emigrantes, que partía con destino a países europeos… Con veintidós años, dos amigos más y tú y una desvencijada maleta de cartón y tela, os arrinconasteis melancólicos en el compartimiento  de un destartalado tren, junto a más jóvenes que agrandaban el estigma de la emigración. Fue un viaje con rumbo a lo   desconocido… Un hombre que iba a tu lado te mostró una foto de su esposa con una niña en el regazo y te ofreció su amistad, un trago de vino y una pizca de tocino… Unos jóvenes comenzaron a entonar canciones, para espantar pesares y nostalgia, que se alojaban prietas en el trasfondo de tu ser. Después de días de viaje, un sábado de Abril al despuntar el alba, llegaste a Alemania: un país industrializado, frío que olía a hollín; brumoso, donde empezaste a pensar que el sol no abarcaba toda la superficie del mundo… En un descampado, desde el que divisabas la Catedral de Colonia te dieron tres galletas y un vaso con cacao, pero nadie le prestó atención a tu aturdimiento y a tus sueños… Desde allí a cada grupo, (recordarás sufrido emigrante)  nos encaminaron al destino de la Razón Social que figuraba en el contrato.  Te alojaron en una barraca de madera, te asignaron un número y allí, acoquinado, mal dormiste aplanado por la soledad. Abducido por las pesadillas, sumabas los años vividos pero no sabías cuándo ni dónde habías nacido… Los recuerdos acudían a ti atropelladamente… Todo era como un universo oscuro del que emergían dimensiones  sin principio ni fin, pero te fuiste adaptando a la penumbra… Muchas noches no podías evitar el llanto.

 

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1 Comentario
Fer
Fecha: Martes, 26 junio 2018 a las 00:54
Tremendamente realista el cuadro de la emigración, con la tristeza propia de la familia, y también del perro. Cuantas emociones que difícilmente se expresan con palabras... Qué difícil ganarse el hambre, y más dejando la tierra de uno atrás

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