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Domingo, 8 julio 2018

ANTONIO MACHADO (Por Eduardo Martínez Rico)

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BLOGS | Eduardo Martínez Rico 0 Comentarios

Es por la mañana. No hace mucho que ha amanecido. Todavía tengo el sueño en los ojos, lo tengo encima, como un pequeño peso que me ata al reino de la noche. Pero ya he tomado dos cafés y leo poemas de Antonio Machado, que sin duda tienen algo de onírico.

 

         Poemas de Campos de Castilla. Poemas de Soledades. Galerías. Otros poemas. Y las páginas críticas y biográficas, escritas hace tiempo, de un José Luis Cano, un Geoffrey Ribons, para las ediciones de Cátedra, Letras Hispánicas.

 

         También leo y hojeo una edición en Austral de las Poesías completas de nuestro grande y entrañable poeta hecha por el filólogo Manuel Alvar.

 

         Estos días me acompaña Antonio Machado, su palabra profunda, tranquila (“mi verso brota de manantial sereno”), palabra llena de sabor humano,  palabra auténtica, honda, palabra del alma, sobre el alma, directa al alma. Como lluvia fina, como el orvallo de mi querida Galicia.

 

         Yo creo que lo que escribimos, en principio, no es necesario. Es difícil hacerse necesario. Es difícil que el lector espere nuestras palabras como nosotros podemos esperar el pan y el agua, tal vez el vino. Es difícil. Pero también creo que, pasado el tiempo, nuestras palabras, una vez conocidas, asimiladas, como una ropa bonita y bien hecha que se adapta al cuerpo –y al espíritu- pueden hacerse necesarias.

 

         Considero que es lo que ha pasado, con mucho, con nuestro poeta Antonio Machado. También ocurrió con Lorca. También sucedió con Pablo Neruda. Ahora que lo pienso pasa con algunos poetas, con algunos escritores, no con demasiados.

 

         Y desde luego algunos escritores, algunas obras de algunos escritores, son flor de un día, fruta de temporada, apenas de una temporada –los bestsellers, aunque hay bestsellers que duran una vida, la del autor y la de los lectores, incluso más-. Pero hay obras y autores, como los que acabo de citar, que se instalan en la memoria, y en el amor –y en el alma- de un pueblo, de muchos pueblos.

 

         Eso sucede con Antonio Machado.

 

         Miro su tumba en Internet, en la localidad francesa de Colliure, Costa Brava, cerca de la frontera con España, y me la encuentro llena de recuerdos, de banderas, de inscripciones. Qué hermosura. Qué orgullo ser poeta, ser hombre, ser persona. Qué orgullo haber pasado por la tierra como lo hizo Antonio Machado, “ligero de equipaje”, dejando la huella de estos escritos, plenos de belleza y de sabiduría. De sencillez.

 

         Y yo, entre estos calores estivales, mientras disfruto de algunos partidos del Mundial de fútbol, leo furtivamente los poemas de Machado, como recibiendo un alimento esencial.

 

         Es el alimento que me permite vivir los días, soportar todo lo que me hiere, me ofende, del día a día. Estos poemas me enseñan a vivir mejor y a ser mejor.

 

         Y ahora, mientras tomo el café de por la mañana, un domingo de julio, abro y cierro, devotamente, llenándome de energía, los libros de Machado.

 

         Me acompañan desde primera hora, y lo harán ya hasta la noche, como una cita con la eternidad, la bondad y la belleza.

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