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Viernes, 27 julio 2018

LAS DIFERENCIAS DE LA VIDA HUMANA (Por Vicente Langreo)

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En el mundo todo ser vivo muere; y los humanos no somos excepción, tenemos experiencia de fragilidad y sufrimientos, y también de plenitud que aparece solos o en familia compartiendo alegrías y sufrimientos; pero el saber que hemos sido creados por Dios, genera un deseo de eternidad en el espíritu, que siempre inquieta a los humanos pensando en la eternidad.

 

 

[Img #289081]No parece que esta inquietud  preocupe mucho ante las urgencias, las necesidades y ofertas seductoras. Pero la vida propiamente humana necesita una sabiduría superior para desplegar  iniciativas en favor de las personas, de la familia y del bien común.  Las edades  humanas son infancia, plenitud y ancianidad – y desde la concepción, el nacimiento, la enfermedad, la cultura, atención al bien común  y  cuidar a las pernas hasta la muerte- necesitan una sabiduría  procedente de la iniciación cristiana, que corresponde a la dignidad de hijos  de  Dios. Lo espiritual, conduce  al hombre y a la mujer a no verse a así mismos, solamente como espejos; sino sometidos a una bioética global. Y de desde esta visión universal se proyecta un humanismo fuerte y diferenciado y de inspiración cristina, frente a  criterios sucios  del pecado, en el campo de la bioética dignificada que afecta a no nacidos, a  enfermos y ancianos terminales, decide  el valor y sentido de sus vidas y muestran su dignidad de personas creadas por Dios. La bioética no permite rechazar por las carencias y debilidades humanas; se fundamenta en la dignidad de toda persona humana, que siempre debe ser cuidada.

 


Esta bioética global relaciona el cuidado integral de “Laudato si”(Encíclica papal)  muestra la debilidad entre los pobres y la fragilidad del planeta e invita a buscar otros modos de  entender la economía, el progreso, el valor y sentido y cuidado  de la vida humana, relacionada con las diferencias concretas de los humanos, de nuestro propio cuerpo, con su aceptación como obra de Dios y con el ambiente. Esto exige cuidarlos, respetando y valorando la masculinidad y la feminidad, diferentes, el dolor y la enfermedad, como necesarios para conocerse a si mismos y relacionarse con los demás. Hay que cuidar las complejas  diferencias  fundamentales de la vida del hombre y la mujer, de la paternidad, la maternidad, la filiación, la fraternidad y socializad de las distintas  edades, en la generación, en la sexualidad, en la vejez, y en la insuficiencia y discapacidad, en las violencias y en las guerras. La dignidad de la persona  es  sagrada, y no puede recurrir a una  eutanasia encubierta en los enfermos y ancianos privados de atención,  El hombre no es dueño absolutote su vida,. sino administrador.

 


Según las enseñanzas cristianas y eclesiásticas, los temas de la ética y de la vida humana, deben encontrar colocación adecuada en la antropología global y ser tenidas en cuenta en las situaciones límite según la moral y el derecho0 y los cuidados integrales, paliativos y en armonía con el deber moral civil y religioso. La bioética global nos incita a una sabiduría y discernimiento profundo, sobre el valor de la vida humana, también hasta en situaciones difíciles. La globalización seria y bien pensada, tiende a profundizar en las desigualdades y pide una respuesta ética a favor de la justicia; atender a los factores sociales, económicos, culturales y ambientales, llevando a hacer  realidad el derecho de cada pueblo a  la igualdad y solidaridad. La cultura de la vida debe dirigir la orientación y el destino de la existencia humana, compatible con las ocupaciones temporales, pero sin olvidar el fin último. Es necesario interrogarse más a fondo sobre la existencia del hombre, su deseo de la felicidad, su fragilidad, y sobre el horizonte y dignidad de cada persona, como hijos de Dios y a la vez, pensando qué podemos hacer como respuesta. La vida del hombre es una gracia misteriosa  que nos viene de Dios y victoria del amor. La condición nuestra es reconocer y vivir en fidelidad y justicia, con esperanza de la victoria, merecida por Cristo, acogidos a la sabiduría y el amor de Dios

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