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Miércoles, 1 agosto 2018
Cavilaciones en Ruidera

LA BRUJA DEL ALTO GUADIANA Y SICARIOS DE LA INQUISICIÓN (l) (Por Salvador Jiménez)

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OPINIÓN | ELDIAdigital.es 0 Comentarios

Zula (fábula) era una mujer avecindada en el entorno del río Alto Guadiana, que moraba en una choza de cañizo (con sus años a cuestas ya) de mentón prominente y algo desdentada; que afirmaba gente del lugar, tenía gracia porque había articulado palabra “al ver la luz de este mundo” y sanaba con ingestas y emplastos de yerbas, pero para la caterva de la devoción oficial era una camuflada y redomada bruja, porque también la habían sorprendido plantada de hinojos en el borde del agua y a su lado pequeñas y fulgurantes luminiscencias que decía eran la luz de la existencia…

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Y además tenía un felino negro y un pequeño can de igual pelaje, que retozaban jugueteando, con las ánades y con los resplandores y escuchaban el canto de las calandrias del carrizal; mientras ella, ajena a su indigencia, para el bien de otros, invocaba imaginadas providencias arcanas del entorno. Se mantenía la “jorquina” con la benevolencia de la gran biodiversidad, de un medio natural extraordinariamente ubérrimo y con la misericordia de los aborígenes curados y enfermos, los que sanaba: a unos con terapias psicológicas para tratar retorcidas afecciones de “endiablada” etiología, y tratamientos herbarios  para perturbaciones orgánicas.

 


  Extendióse comentario que, “la vieja hechicera” sabía de cierta planta que, una vez ofrendada a las luminarias y enseguida aplicada con “don” y maña en piezas dentales dañadas y deterioradas, aquellas se desprendían sin dolor y sin sangrante marca… Sucedió que un día, los sabedores de las leyes civiles, penales y religiosas, atraídos por sartas de dilaciones, maledicencias en infundios (¡riquísimo el lugar en la materia!) contra la mujer empiricosanadora; que  no se había formado o licenciado en farmacología (menos en medicina y humores), en universidad ni monasterio alguno, y era una pobre muerta de hambre, que se alojaba en un chozo de carrizo y juncos, en la “zona de dominio público hidráulico”, junto a un camino y cayo fluvial, aparecieron por la ribera (para dar fe de la cosa) unos sujetos de pulido, soberbio y justiciazgo porte y estambre, que basaban sus conjeturas, razonamientos y deliberaciones en la formación e imposición clericorreligiososanturronas mostrencas. Exhortados venían los dichos por dignatarios de más insignias y sortijas: miembros del Tribunal del Santo Oficio de la Santa Inquisición… Baluarte de la más bondadosa y verdadera fe, pero con una mala hostia (¡vale!) imposible de comparar… Se personaron los andóbales (militantes o afiliados, por interés siempre), en el lugar de los hechos, donde los elementos centelleantes saltaban… (Presente la bruja). Señalaron a la nigromante y al agua con insignias religiosas y espadas y, con maniobras malabares y maulas  de ademanes y persignaciones, la acusaron por yacer y pactar foscos acuerdos con el maligno, por escribir en un retal de burdo estambre con tinta de bayas negrovioláceas de saúco, que había cosas invisibles que danzaban por todas partes en la materia de la vida y podían ser asesinas si entraban en personas y animales…

 

Y si el agua estaba sana estaban también las luces, pero si estaba trastornada todo eran sombras malas; por volar en escobas sin engancharse en los zarzales; por hablar con el perro y el gato; por tener un muñeco con una púa clavada en el pubis; por posarse en el cobertizo de carrizo y ramajes un cuervo y un búho ; por tener una urraca a través de la cual el diablo le enviaba mensajes; porque el chucho le ladraba a la luna y porque la córvida lenguaraz, en más de una ocasión les había lanzado puyas urraqueriles a eminentes de dispensas mil, a simpatizantes, vilipendiadores y tragaldabas,  adscritos a tribunales, a los que más, a los del Santo Oficio, llamándoles: ¡gazmoños, ¡gazmoños…!.

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