Aviso sobre el Uso de cookies: Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia del lector y ofrecer contenidos de interés. Si continúa navegando entendemos que usted acepta nuestra política de cookies. Ver nuestra Política de Privacidad y Cookies
Domingo, 23 septiembre 2018
Literatura

“Relámpagos” de deslumbrante narrativa

Marcar como favorita Enviar por email
REPORTAJES | ELDIAdigital 0 Comentarios

Reseña literaria de la novela Relámpagos, de Eduardo Martínez Rico (Editorial Dalya, 2015) realizada por Francisco Javier Capitán Gómez

[Img #297700]

 

Con una prosa en apariencia sencilla, ligera, de discurso reflexivo y estilo meditativo, pero en realidad muy elaborada, brillante, sugerente y actual, Eduardo Martínez Rico (Madrid, 1976) nos ofrece en su novela Relámpagos un magnífico ejemplo de lo que llamamos “monólogo interior” o fluir de conciencia, en la mejor tradición de la narrativa española y europea: desde Marcel Proust y su “búsqueda del tiempo perdido” hasta las novelas intelectuales de Miguel de Unamuno (sus célebres nivolas), las psicológicas de Camilo José Cela y Miguel Delibes, o las líricas de Francisco Umbral, pasando por las ficciones más sobresalientes del stream of consciousness, como el Ulises, de James Joyce, o el Orlando, de Virginia Woolf, o del existencialismo de Albert Camus y Jean Paul Sartre. Pero, salvando las distancias, las motivaciones y el estilo, en el caso de Relámpagos, con la firme, perseverante y apasionada personalidad de su autor.

 

Como queda claro tras una atenta lectura de sus páginas, considero que no otro sentimiento sino pasión, una decidida pasión por la Literatura, pasión por la vida convertida en Literatura, es lo que nos ofrece el autor que subyace bajo los sencillos (en apariencia sencillos), rotundos, reflexivos y poéticos párrafos de Relámpagos. Los lectores que se acerquen a esta reseña me permitirán que, antes de ofrecerles algunos comentarios acerca de esta novela, les brinde unas palabras sobre su autor. En efecto, a menudo no nos es dado entender una obra sin antes entender al escritor, como tampoco se suele comprender a este sin captar aquella, puesto que ambos se suelen presentar como sujetos imbricados, conectados, esto es, unidos de forma inextricable, intensa, casi indisoluble. Será bueno, si así os parece, lectores, que intentemos trazar, siquiera sea de modo breve, el análisis y comentario de ese relato, procurando primero comprender un poco tanto las probables intenciones como la forma de ser, de pensar y de escribir del autor.

 

El lector, a menudo persona inquieta e insaciable, que se disponga a leer Relámpagos podrá comprobar por sí mismo cómo el escritor Eduardo Martínez Rico representa una fiel muestra (hoy no tan habitual como suele pensarse) del laborioso, artesanal y entregado oficio (también vocación) de escritor, de autor a tiempo completo, ya sea como narrador, como articulista, biógrafo o ensayista al cien por cien, 24 horas de día, los 365 días del año, mañana, tarde y noche. Escritor sin reposo o, parafraseando a Cervantes, alguien cuyos arreos son las letras, y su descanso, el escribir.

 

Del mismo modo que sucede con su admirado Francisco Umbral (uno de sus más destacados maestros en el arte de escribir, pero no el único), cabe señalar que Eduardo Martínez Rico vive “en escritor”, trabaja “de escritor”, reflexiona “como escritor” y no sería capaz de concebir la vida sin imaginarla en forma de Literatura, sin respirarla, sin saborearla y degustarla en sus más diversas formas, literarias o no, sabiendo, no obstante, que la vida solo puede vivirse viviéndola a fondo (aunque eso parezca una perogrullada) pero sabiendo también que hay otras formas de vivirla y de dejar de vivirla. Creo que es lícito decir que el autor vive por completo instalado en el osado, arduo y laborioso oficio de escritor, en el oficio de escribir, el cual fue descrito por Cesare Pavese con honda maestría, con inapelable rotundidad y sabia experiencia, hace ya bastantes años.

 

La extensa carrera de Eduardo Martínez Rico, su ya larga andadura literaria como novelista, ensayista y escritor de artículos en prensa, tanto en papel como en formato digital, está más que acreditada por los años, por los libros y por su buen oficio, inmerso profundamente en la aventura de escribir, de escribirse y escribirnos. Son ya muchas las narraciones, las novelas (de diverso estilo y variada tipología: de corte histórico, de psicológico, de pura ficción…), varias las biografías, los ensayos y artículos, en múltiples medios de comunicación, los que jalonan la carrera literaria de Eduardo Martínez Rico quien, sin duda, aún nos brindará afortunados, modernos y deslumbrantes ejemplos de su buen hacer como escritor entregado al cultivo de su obra, del tipo concreto que sea, del tema particular que en su momento aborde.

 

Como tantos otros escritores, Eduardo Martínez Rico sintió muy pronto que el “veneno de la Literatura” circulaba por sus venas. Pero esa llamada de lo poético, esa vocación de escritor, a diferencia de lo que se observa en otros, en nuestro autor no solo cuajó como necesidad vital, como imperativa urgencia de volcar sobre el papel todo lo que bullía en su interior, sino que también dio paso, con el correr del tiempo, las lecturas, los conocimientos y las propias vivencias, a un sentido más profundo, a un estado más consciente, pasional y pleno de la Literatura y de la propia vida.

 

Todo ello queda reflejado, de algún modo, en su poderosa narrativa, en un primer momento como asombro juvenil, como una suerte de feliz descubrimiento, luego como madurado poso dejado por la sucesión de lecturas, reflexiones propias, conversaciones ajenas y, en suma, de experiencias todas que se van acumulando a lo largo y ancho de la vida en su devenir, con sus altibajos, con sus golpes y triunfos, sus realidades y deseos. Todo lo cual asoma al trasluz de las palabras contenidas en las obras de Eduardo Martínez Rico, con su personal modo de acercarse a la realidad, al sueño, al símbolo, a lo real y a lo imaginario. Mucho de todo ello puede verse, sin ir más lejos, en su novela Relámpagos, que pasaré a comentar a continuación, tratando de ofreceros, lectores, solo aquello que me pareció más impactante o significativo, sin pretender influir en la libre lectura de cada cual.

 

Relámpagos nos presenta la historia de un profesor de Filosofía, un hombre profundamente marcado por la pérdida de su mujer, por su ausencia, por la necesidad de recordarla y evocarla puesto que, una vez que su muerte impide su presencia personal, una vez que le resulta imposible recobrarla en forma material, solo puede recuperarla intentando revivirla en su mente, a través de sus recuerdos, sus ideas, sus sueños, ensoñaciones y pensamientos. Ciertamente, ya solo puede vivir a su mujer en forma de “relámpagos”, a modo de flashes mentales, de inconexos (o en apariencia inconexos) fragmentos o retazos de lo vivido. Así, en el presente del narrador, en su triste, solitario y desolado presente, solamente puede recrear a su amada como imagen, solo le queda la posibilidad de retenerla usando su lógico pensamiento o su alocada imaginación. En el fondo, estamos ante una peculiar revisión del mito de Orfeo y Eurídice, del tema del poeta y de la amada muerta.

 

Lo anterior bien pudiera servir como sucinta síntesis de la historia que nos ofrece la novela de Eduardo Martínez Rico, una historia que, así contada, pudiera parecernos sencilla y, sin embargo, el autor logra escribirla con sublime hondura, con sabio manejo de los variados recursos narrativos y literarios (aludiré luego a estos brevemente), además de demostrarnos un intenso y apasionado conocimiento del alma humana, reflejado sobre todo en el protagonista de la obra, aunque también en su amada ausente y solo de modo tangencial, sugerido o vislumbrado, en los otros personajes que surcan el relato, los cuales, por fuerza, por pura coherencia narrativa, se muestran desdibujados, difuminados, ya que el protagonista lo inunda todo, lo llena todo con su constante presencia ante el lector, con su discurso meditativo, con su discurrir aséptico y pasional a un tiempo, con su reflexión lógica y absurda a la vez, puesto que se ve absolutamente necesitado de evocar a la mujer a la que tanto amó y que le amó tanto, se ve empujado a conseguir que, de algún modo, comparezca aunque para él ya solo sea imagen o idea soñada.

 

Por tanto, siendo coherente con la necesidad de superar su pérdida y su soledad, de recobrar a su amada con el pensamiento, con la memoria o la ensoñación, es como puede entenderse que el protagonista del relato narrado en Relámpagos se nos aparezca también como un ser algo seco, casi despreciativo o desdeñoso, como hombre desconfiado y, en definitiva, desapegado de toda realidad, de todo símbolo o imagen que no sean su amada o lo que evoque a su amada compañera, que no sean los felices momentos que vivieron juntos, a pesar del dolor que en el presente empaña con su huella los recuerdos de los instantes memorables que juntos compartieron. En efecto, esa urgente evocación, ese irresistible impulso de recobrar a la mujer perdida, ya irremisiblemente perdida, obliga al protagonista a desconfiar casi de todo y de todos, a ignorar a sus compañeros de profesión, a contemplar escéptico todo lo que le rodea, o a darle poco valor real, poco peso auténtico al serio trabajo que desempeña, pese a que fue gracias a su labor docente como conoció a la mujer que, en un principio, fue su alumna, luego se convertiría en la perfecta compañera de su trayectoria vital y, finalmente, se convertiría, con su lamentable pérdida, en la causa de sus soledades y tristezas, como también, por extraordinaria paradoja, en su último reducto de humanidad, en el único motivo y la única razón válida de su vivir.

 

La desgraciada ausencia material de la mujer que amó exige del profesor de Filosofía (por coherencia consigo mismo, por coherencia con su lógica pero también con su delirio, por extraño que nos resulte) la imperiosa reconstrucción mental de su esposa, la perentoria recuperación de su amada, la cual ya solo es capaz de recrear en sus propios pensamientos, en su imaginación, en sus evocaciones, en los símbolos de todo aquello que amaron, al tiempo que, de igual manera, le exige despreciar casi totalmente el mundo que le rodea, le lleva a rechazar la insulsa, vacua, absurda, vacía y anodina realidad que, con tanta desolación, amargura y pesadumbre, se alza a su alrededor. Porque decididamente nada de lo externo le conmueve, porque sin ella, sin su mujer, nada tiene ya sentido, porque ella vino a alegrar, a llenar su vida de serio, laborioso y eficaz profesor. Una vida que, antes de que surgiese ella, posiblemente ya fuera insulsa, vacua, absurda, vacía y anodina pero, hasta que ella no apareció, y sobre todo hasta que ella no desapareció, no fue plenamente consciente de su penosa situación vital. En efecto, es posible que antes de ella no percibiese el absurdo de su propia vida, es más, del absurdo y sinsentido de la vida en general.

 

Ese mundo ajeno al profesor y a su esposa, ese otro mundo, es decir, el mundo de los otros, la realidad externa desde la que el protagonista nos cuenta su historia es, sin embargo, demasiado importante para las personas que lo pueblan. Ese inmisericorde mundo, frío, cruel y desangelado, también se refleja, siquiera solo en sus vislumbres, en el discurrir mental, en el pensamiento lógico e irrefutable, en el poderoso delirio imaginativo y en las cálidas, evocadoras ensoñaciones del profesor de Filosofía. Así, el protagonista nos brinda la imagen de ese mundo como un espacio concurrido de gentes, repleto de labores, profesionales y cotidianas, recorrido por los compañeros a los que el profesor apenas presta ya atención; un mundo lleno para los otros, un mundo rebosante de vida y, por contra, un espacio totalmente vacío para el protagonista de la narración. Él mismo y los pocos personajes que aparecen en la narración viven en un espacio y un tiempo indefinidos pero que se concretan en los momentos domésticos, en la rutina diaria de ir al trabajo, o de comprar en una carnicería, aunque el profesor prefiera recordar una clase de la facultad o un rincón de su hogar.

 

En cambio, ese mundo desolado es también el lugar donde las sutiles trascendencias todavía pueden darse gracias a las reflexiones, gracias al ideal de vida del profesor. Dado que esa dolorosa realidad apenas tiene sentido para el protagonista de Relámpagos, este solo se limita a vivir o, para decirlo mejor, se limita a una dolorosa subsistencia: se deja vivir, nos confiesa que deja pasar las cosas, que asiste a sus clases, que habla con sus compañeros, pero al tiempo les desprecia; vive porque se olvida casi por completo de lo ajeno; sigue viviendo porque se ciñe casi exclusivamente a encerrarse en su intimidad, en su cálida y apasionada intimidad, el último refugio de sí mismo, el último rincón donde puede recrear la imagen de su amada (no a su mujer en carne y hueso, sino su imagen), el último resquicio al que agarrarse, la última estancia donde aún le es posible hallar un atisbo de alegría, una sombra de amor, un relámpago de esperanza, un rayo de optimismo.

 

Con todo, hay algo de suicida en el personaje que protagoniza la novela, hay un relámpago de irremediable perdición, algo así como un fogonazo de amorosa luz, seguido de una sombra que será sombra perpetua. Por supuesto, la evidencia del amor perdido se transforma en la necesidad de recobrarlo, de recrearlo, de hacerlo presente y lo más vívido posible pero, a pesar de ese proceso de recuperación, de evocación de la mujer fallecida, el personaje del profesor de Filosofía no puede dejar de verse arrastrado hacia la inevitable y fatal caída en los abismos del desconsuelo, la derrota y la desesperanza.

 

Por último, en lo que se refiere al contenido de la obra en sí, quizá algún lector eche en falta varios de los elementos que suelen observarse en las novelas al uso. Por ejemplo, descripciones más detalladas de los personajes, de los ambientes o situaciones; mayores momentos de acción externa, con más sucesos narrados, o bien la aparición algo más definida de los personajes secundarios, etc. El lector que, de sana fe, pretenda buscar tales rasgos narrativos en un relato como el que nos ofrece Relámpagos no los encontrará de ningún modo. Por varias y poderosas razones, pero esencialmente porque ni son los más apropiados para este tipo de novela, ni se requieren para darle mayor eficacia, profundidad o riqueza narrativas. Ya se ha comentado que el profesor de Filosofía es el protagonista del relato y, junto a él, su amada ausente. Por tanto, todos los demás personajes que se citan, que se nombran o recuerdan, por necesaria que sea su aparición, no precisan de excesivas descripciones ni mucho menos de poseer un mayor protagonismo en la acción. Del mismo modo, el narrador de la obra, como se deduce por lo que ya hemos comentado, nos manifiesta un reflejo de su realidad, en forma de pensamiento, de imaginación, de constante y prolongado discurso interior, de monólogo en el que, más allá de dialogar consigo mismo, también lo hace con su amada ideal e indirectamente con los lectores. En fin, el profesor nos relata diversos tramos de su periplo vital, de su existencia pasada y presente, en soledad y en compañía, en su realidad y en su imaginación. Por tanto, no son necesarios los recursos a las acciones paralelas, ni a más personajes ni a una más sólida, descriptiva o activa participación de los que se mencionan, o de otros posibles que el autor bien hubiera podido incluir, si hubiera querido, si lo hubiera considerado necesario.

 

En lo que se refiere al estilo literario y narrativo desplegado por Eduardo Martínez Rico en esta novela, cabe decir, en síntesis, que destacan: el sabio manejo del tempo narrativo, del tiempo del relato, alternando presente y pasado, mezclándolos magistralmente, sin que el lector se pierda; la recurrencia a un narrador en segunda persona del singular (al estilo del que se observa en novelas solo en esa parte similares como, pongo por caso, en La muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes, en Conversación en la catedral, de Mario Vargas Llosa, o en algunos relatos de Julio Cortázar, por citar ejemplos muy conocidos), un narrador en segunda persona que ejerce tanto como emisor de la historia como de receptor del discurso, al mismo tiempo, así como se dirige a la amada ausente o, de modo indirecto, a los lectores; uso frecuente de un estilo paradójico, con empleo de frases en las que se nos da un argumento y, seguidamente, se nos ofrece su opuesto, el contraargumento que sirve de contrapunto, como complemento de lo que nos acaba de decir el protagonista. En suma, el estilo de Eduardo Martínez Rico huye del barroquismo, de lo complejo y alambicado, se instala en terreno firme, sensato, sencillo y moderno, pero sin por ello renunciar a lo profundo, a lo ilógico o absurdo, sin dejarse caer en lo vulgar ni elevarse en demasía hacia lo intangible o lo difuso. Huye del fárrago, de la mera y vacía verbosidad, y nos presenta un estilo muy elaborado, discreto, ligero, potente y expresivo, plagado de hermosas metáforas, de imágenes felices, de símbolos cercanos.

 

Dejo aquí, pues, a los lectores. Dejo ya en este punto que seáis vosotros, que seas tú mismo, estimado lector, quien se adentre en Relámpagos, en la profunda, apasionada y deslumbrante novela escrita por Eduardo Martínez Rico, para que puedas saborear su belleza, para que puedas descubrir su verdad, o la verdad desvelada por su protagonista, el solitario profesor de Filosofía y su amada ausente, para que tengas la fortuna de acompañarle en su monólogo (o diálogo) interior, en el que te sorprenda la personalidad que de sí mismo y de su amada refleja, al tiempo que, a semejanza de lo que escribió el poeta Juan Ramón Jiménez, quizá te sirva para encontrar ese que no eres tú, ese que va a tu lado sin tú verlo, ese que a veces vas a ver y que a veces olvidas.

Acceda para dejar un comentario como usuario registrado
¡Deje su comentario!
Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la nuestra
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
eldiadigital.es
eldiadigital.es • POLÍTICA DE PRIVACIDAD Y COOKIESAVISO LEGAL Mapa del sitio
© 2018 • 2010 Todos los derechos reservados. Información de agencias: Europa Press
Powered by FolioePress